Martín Caparrós *
La palabra "again"
Quizá por eso nos salvemos. No del todo, ya lo sé, pero un poco, apenas más que otros. Sí, corremos con la ventaja de no tener esa palabra, la que sintetiza lo peor de la conversación mundial contemporánea. En castellano no hay una palabra como again; para decirlo tenemos que juntar dos —otra vez, de nuevo— o caer en la tristeza del adverbio en mente: nuevamente, diríamos, por ejemplo. Pero nadie propondría un eslogan que rezara “Hagamos a España grande nuevamente”; no tiene ritmo, se tropieza, no suena a grande y menos aún a grande de España.
Y esto, decía, nos lo pone un poco más fácil. Again —que traduciremos de una vez por todas por “otra vez”— es la clave del desastre, la contraseña de estos tiempos de mierda: Make America Grotesque AGAIN. Que sea como antes otra vez.
Hay pocos cuentos más viejos y resistentes que el de la Edad de Oro; pocas personas que no hayan vivido años y años lamentándose por vivir en esos años y no en otros anteriores, superiores. Tantas creyeron que al principio había habido una edad maravillosa que la maldad del hombre, el rencor de los dioses, la astucia de la serpiente, la codicia de la mujer o cualquier otro cliché habían arruinado hasta llegar a esta basura: nuestras vidas. Insisto: no hay relato más insistente, persistente, inconsistente, estupefaciente que ese cuento para amargados que se creen que su único error fue no haber nacido en el momento justo —otro— y su única solución sería empeñarse en que alguna magia los devolviera a aquella era ya perdida, siempre perdida, como el tiempo.
El relato de la edad dorada ha servido para fundar reinos, religiones, filosofías y hasta romances retrasados, pero nunca se pone tan necio como cuando se usa para hacer política. Y es lo que está pasando en estos días.
Ahora, en este mundo que no encuentra su futuro, cada vez más personas se dejan arrullar por la vieja canción de la mitología de segunda: “Que todo tiempo pasado fue mejor”. Eso, en política, tiene un nombre: se llama reaccionario. No es conservador, porque conservadores son los que quieren que las cosas sigan siendo como son, estando como están; conservadores somos, lamentablemente, en estos días los progres y otras izquierdas que tratamos de conservar los derechos luchados y adquiridos —la igualdad ante la ley, la libre circulación de las personas, la presunción de inocencia, la salud pública, el aborto, la democracia, esas cositas. No, Trump, Meloni, Orbán, Putin, Milei y compañía felizmente limitada no son conservadores; son reaccionarios. O sea: tratan de encabezar una reacción que lleve a nuestras sociedades a adoptar muchas de las reglas y características que supuestamente tenían en ese tiempo ido.
Un tiempo cuya primera calidad, por supuesto, es no haber existido: el señor Milei, por ejemplo, antes de dedicar todos sus esfuerzos a higienizar los calcetines de su jefe, se desgañitaba gritando que la Argentina había sido la primera potencia del mundo en 1890 y que él nos iba a llevar de vuelta a esa época magnífica. La Argentina, es obvio, nunca fue la primera potencia del mundo pero millones de personas lo creyeron y lo votaron. (La democracia, últimamente, se dedica a reírse de nosotros y nuestras ignorancias: a mostrarnos lo caro que pagamos no saber.)
Un tiempo cuya segunda calidad —contradictoria y complementaria de la primera— es que resulta muy creíble: ¿por qué no podremos hacerlo, si ya lo hemos hecho? Si nuestros abuelos vivieron así, nosotros nos merecemos vivir como ellos, como se vivía antes de que los corruptores arruinaran todo —insiste la ignorancia.
Un tiempo cuya tercera calidad es su hipocresía: te ofrece, so pretexto de que “entonces todos vivían mejor”, volver a sociedades donde la desigualdad era tan bestia que ni siquiera se podía nombrar. Y lo hace para que unos pocos señores sigan siendo más ricos que nunca en la historia. Así que la palabra again es casi un lapsus del lenguaje, un tropiezo donde el lenguaje dijo más que lo que habría querido: again, la repetición por excelencia, la palabra de los reaccionarios, se lee muy fácil como a gain, una ganancia, lo que todos estos señoros y señoras realmente quieren. Qué pequeña ganancia para unos hombres —habría dicho un astronauta distraído—, qué gran pérdida para la humanidad. Again?
* Esta es la columna de hoy de Martín Caparrós, publicada en El País Semanal.
Conservadores progresistas...., casi más contradictorio que el título del PRI mejicano... pero aquí estamos, debatiéndonos con los tiempos que nos han tocado.
ResponderEliminarSigamos arreando, como arrieros que somos.
Por cierto, Petrus, estás firmando como "marpetges", y es un poco raro, porque es el nombre del blog. Estaría mejor tener tu propio usuario, no?
ResponderEliminarYa lo he cambiado. No se me había ocurrido que podía hacerlo. Gracias, Galo.
EliminarLa primera cosa: creo que tienes razón. El idioma imprime carácter. Por eso es tan difícil traducir un poema, incluso la prosa. Mi nieta mayor, que aprendió francés y español a la vez (madre francesa y padre español), y además habla inglés (ha estado tres años en India), y está aprendiendo alemán, es un buen ejemplo. Diría que en cada idioma es una persona diferente. ¡Es increíble, pero cierto! La lengua que uno habla conlleva una herencia, una forma de decir las cosas, de relacionarse. El uso del género en inglés es muy diferente al español: "the" es tanto masculino como femenino, por ejemplo.
ResponderEliminarRespecto a la segunda cosa, a mí me gustó el artículo, entre otras cosas, por esa idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque ese tiempo que imaginamos ahora ni siquiera existiera. Generalmente, la historia la escriben los vencedores y, efectivamente, los "siglos de oro" refieren lucidez (qué vamos a decir de Leonardo da Vinci), pero también tinieblas (guerras, desigualdad, miseria).
Por otro lado (segunda cosa), respondiendo a la actitud personal que uno puede adoptar en estos tiempos tan confusos, efectivamente, lo que llamas "escucha profunda" es una alternativa poderosa en nuestras relaciones con los otros. Cuando ejercía como psicólogo clínico y daba clases en la universidad, a mis alumnos les decía que el noventa por ciento de la intervención en terapia era saber escuchar. Y que eso es algo que ciertamente se puede trasladar a nuestra vida cotidiana. Yo lo llamaba "escucha activa", aunque se podría llamar "escucha mágica". Les contaba que, cuando hablas con alguien, lo primero es dejar de hacer cualquier otra cosa (cocinar, mirar el móvil...), sobre todo si la otra persona te está contando algo que para ella es importante. Además, es importante mirar a los ojos, y adoptar una postura abierta, acogedora (no agresiva). También, estar atento al lenguaje no verbal. No juzgar y, como bien dices tú, intentar comprender lo que te están comunicando (compasión). Una técnica que utilizaba mucho era "parafrasear". ¡No te imaginas lo bien que funciona!: si alguien te dice que está cansado, tú simplemente le respondes "estás cansado". Estás haciendo de espejo: recoges lo que el otro dice de la forma más simple. Eso le da pie para continuar: "es que esta noche he dormido fatal". También se pueden cambiar las palabras, expresarlo de otra manera: ante esta expresión, por ejemplo, "no sé que decisión tomar", se podría responder "estas confuso y no sabes qué decisión tomar". Si no aciertas, el otro te matizará: "no estoy confuso, estoy harto de darle tantas vueltas a la cabeza". El diálogo no siempre es rectilíneo, escuchar ayuda al otro a expresar sus sentimientos, sus pensamientos, sus dudas. Las preguntas exploratorias también son un buen recurso: "¿y en qué piensas cuando le das vueltas a la cabeza?".
Hay un psicólogo que me influyó muchísimo, que a tu padre le sonará, pionero de la psicología humanista: Carl Rogers y su terapia centrada en el cliente.
Bueno, Galo, ¡muchas gracias por tu comentario! Saludos.
Un gusto leerte. De Carl Rogers he oído o leído seguro... pero los nombres se me olvidan casi siempre. Supongo que por eso entre otras cosas he sido mal estudiante (de los de memorizar).
ResponderEliminarLa Escucha, la Observación, sobre todo la Aceptación... creo que serían bonitos puntos de partida para mirarnos a los ojos las unas a otras... pero El mundo con poder (al menos el macro político) parece estar a otra cosa.
Abrazo!